Filosofia – Sabiduría del amor

Porque yo es otro

(A. Rimbaud).

Que el hombre es otro lo es fundamentalmente por el amor. El amor funda ese proceso extático de otración u otraje, de salida de sí a la entrada del otro y de entrada del otro en mi propio pasaje o paraje.

El amor por lo tanto es la energía divina del universo, personalizada en la mujer y el hombre íntimamente, interiorizada como principio existencial del mundo. El ser dice radicalmente amor por cuanto es la conjunción de lo real, la cópula de los seres, el encuentro de los contrarios. Ser es amar, y amar es sed de ser.

Resulta por ello relevante y revelante que la religión divinice el amor y defina a Dios como amor, replanteando así explícitamente el amor como divino. Divino en el sentido de radical, divino en el sentido de humano o encarnado, divino en el sentido de sagrado y universal. Distinguiendo sin embargo entre un amor posesivo y un amor desposesivo, un amor atrapador o atrapado y un amor liberado o liberador, incluso entre un amor erótico o procreador y un amor agapeístico o creador. Porque así como Bergson distinguía entre religión o religación cerrada y religión o religación abierta, así hay que distinguir también entre amor cerrado, obturado u obtuso y amor abierto, magnánimo o benevolente. El primero ocluye y reduce, el segundo amplifica y proyecta.

Donde hay amor hay espacio abierto y tiempo feliz, donde hay amor hay salvación. Pero el amor es una locura para la razón y un escándalo para la ley, por eso suele ser considerado como un cuento de hadas (en el mejor de los casos). Ahora bien, sin hadas no hay amor, efectivamente, sin hadas se nos apodera el hado inmisericorde del destino fatídico y cruel. El hada es el ánima femenina frente al puro ánimo masculino, el hada es el alma y lo anímico, el hada es el amor frente al desánimo del desamor.

El amor constituye la única religión verdadera, y no hay otra religión que no sea del amor. Lo demás son religiones sustitutivas, religiones económicas o políticas, psicológicas o artísticas, culturales o deportivas, nacionalistas o internacionalistas, folclóricas o musicales. En Aristóteles y los griegos la clave de bóveda del universo es el amor como motor inmóvil, divinidad deseada pero no deseante, mientras que en Jesús y el cristianismo el amor es el motor móvil, divinidad amante y amada. Pero en ambos casos el Dios-amor funda y funde finalmente el universo humano y transhumano a través del amor transfigurador.

 Así que en el amor nos perdemos para reencontrarnos, nos perdemos y nos reencontraremos fundidos o trasfundidos. En efecto, si como dice la Biblia ver a Dios es morir, entonces morir es tratar de ver a Dios: apertura trascendental, Dios todo en todos. Decía C. Peguy que lo sobrenatural es natural o carnal, así que finalmente lo natural o carnal es sobrenatural: yo soy Otro, otración radical, trasfiguración finalinicial. El viejo arquetipo del alma simboliza como un pergamino la escritura trasparente del ser, que nos traspasa más allá de nosotros mismos como amor. O el amor como embalsamamiento transmortal o inmortal.

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